Cuando me propusieron que escribiera esta columna, no pude evitar recordar a Irma Flaquer, la periodista guatemalteca que fue asesinada por ser crítica a los gobiernos dictatoriales de su país. Irma tenía una columna llamada “Lo que otros callan”, porque precisamente decía lo que nadie se atrevía, siempre alzaba su voz y  lo pagó muy caro, primero con varios atentados a su vida, y finalmente con el asesinato de uno de sus hijos y su propia desaparición.

Justo cuando en Venezuela escribía mi libro “Tierra o Fuego”, en el cual relato todos los acontecimientos que se desarrollaron en la Morgue de Bello Monte durante los siete días en que Óscar Pérez y sus compañeros permanecían en ella, me encontré en una de esas tantas librerías que solía visitar desde que era universitaria con la historia de Irma Flaquer, admito que me identifiqué demasiado con ella y también con sus relatos recopilados en su columna y me sentí un poco más acompañada en un momento en que realmente estaba sola.

Irma no pudo salir a tiempo a Nicaragua, pero gracias a Dios yo sí pude salir a Colombia para contar lo que sabía sobre el caso más sonado en 2018 y mientras lo estaba viviendo pensaba que en algún momento narraría cómo lo hice, así que aprovecho este espacio para relatarlo, porque  quizá un día alguna periodista también se sienta sola  y le sirva leer la historia de otra para sentirse acompañada como me pasó a mí leyendo a Irma.

El 4 de enero salí  de Venezuela por vía terrestre, averigüé cuál era la forma más sencilla de llegar a Medellín y buscando me encontré con una línea que supuestamente te llevaba hasta la frontera y  luego hacía el transbordo hasta la ciudad colombiana. La línea se llama “Rutas de Américas”, es manejada por ecuatorianos y transborda a grandes cantidades de venezolanos a diversos países de América Latina, considerando que tenían más de 30 años en el mercado me fui con ellos.

Desde que arrancamos los conductores salían a alarmar a los viajantes contando que la Guardia Nacional Bolivariana paraba al menos 8 veces el autobús en la vía para requisar a los pasajeros. Yo estaba un poco nerviosa, pero seguí con la seguridad que trato de mantener siempre y más bien tranquilicé a las personas que tenía cerca y que estaban aterradas porque les podrían robar sus pocos dólares.  Con  la fortaleza que me generaba un rosario de El Vaticano que me regalaron una vez y que decidí llevarme puesto, les aseguraba que ese autobús no lo pararían  y en efecto nunca lo detuvieron.

Llegamos a la frontera el 5 de enero a las 5 de la mañana, yo estaba decidida a no sellar mi pasaporte, pero los de la línea insistían en que había que hacer una cola infinita para hacerlo, al momento en que empezó a aclarar el día salió un funcionario del Saime a decir que no había sistema y que no sabía si la gente iba a poder sellar ese día. Yo mantuve la calma porque en mi caso lo más adecuado era no hacerlo, pero había un problema, la línea no salía sin todos, en ese proceso hice amistad con dos muchachos más o menos de mi edad, al menos a partir de ahí me sentí acompañada, nos cuidábamos entre los tres e inclusive me tuvieron que despertar cuando me quedé dormida sentada en una acera porque ya llevaba 10 horas en la cola y no aguantaba más, era la primera vez que pasaba por algo así y el cansancio era terrible.

Uno de los muchachos venía igual que yo a Colombia y también estaba desesperado, así que nos pusimos de acuerdo y le pedimos a la gente de la línea que nos mandaran aparte, puesto que el resto seguía para Ecuador y  Perú. Ni cortos ni perezosos los de la línea enseguida nos dijeron que para pasar nos sacaban el carnet fronterizo y que con eso saldríamos sin problemas. Decidimos hacerlo así hasta que el carretero de la línea nos dijo que debíamos cancelar 30 dólares para poder irnos porque pasaríamos ilegales al otro lado. Recuerdo que hice un escándalo en la oficina de la gerente, evidentemente era un robo porque en Venezuela ya habíamos pagado 80 dólares que correspondían al pasaje completo.

Finalmente y después de muchos dimes y diretes mi compañero me pidió que me calmara cuando vio que no teníamos otra opción para salir de ahí y la frontera empezaba a colapsarse porque el 10 de enero era la toma de posesión de Maduro y la gente caía en el nerviosismo natural y por supuesto los especuladores no se hacían esperar, entre ellos, los de la línea.

Así al final pagamos los 30 dólares que nos pedían y salimos literalmente  huyendo de la trágica frontera, aunque no es comparable la historia, al vivir tal desesperación entendí por qué Walter Benjamin, el pensador alemán y entrañable amigo de mi admirada Hannah Arendt, se suicidó cuando intentaba huir del régimen nazi en Francia y le impidieron la salida en la frontera de España.

El nuevo amigo que hice en el viaje y yo nos despedimos en Cúcuta porque él iba a Bogotá y yo a Medellín. Me montaron en un autobús hasta Bucaramanga y luego en otro que al fin me traía a la “Ciudad de la Eterna Primavera”. Mientras experimentaba cierto miedo por la travesía pensaba que la juventud es realmente atrevida y que todo esto me pasó en el momento exacto de mi vida porque era una verdadera locura la cantidad de riesgos que corrí para publicar mi libro.

Pero lo importante es que logré mi meta y que hoy puedo escribir esta columna que en honor a Irma Flaquer se llama “Lo que otros callan”, y espero al igual que ella ponerla siempre al servicio de la verdad.