“Nunca seremos dichosos, ¡nunca!”, había profetizado el Libertador Simón Bolívar tras ser decepcionado y traicionado. Al hombre que había dejado todo por la libertad de su país y de un continente, hasta su propia tierra le prohibía el ingreso. Murió en el destierro, estoy segura de que la tristeza hizo su parte, el dolor de ver cómo sus compatriotas creaban partidos y división le quitó todas sus fuerzas.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero la historia se repite una y otra vez y parece que hay un rasgo distintivo siempre: el ego, el yo por encima de todo ha sido el peor enemigo de los venezolanos. Carlos Andrés Pérez, sin duda alguna no fue un santo, pero tampoco el diablo que muchos intentaron  pintar, el odio se apoderó para aquella época de muchos y otra vez la traición hizo lo propio. Aquel hombre fue juzgado como hoy deberíamos juzgar a muchos y sufrimos la imposibilidad de no hacerlo. La gente de su propio partido lo señalaba, le endilgaban cualquier cantidad de males de una Venezuela que pese a todo se imponía en América Latina y fortalecía el ego del venezolano.

Aprovechando la situación un dañino Chávez hacía su aparición concentrándose en el ego de todos los que sentían que no habían disfrutado lo suficiente. Muy tarde los partidos políticos entendieron que debían unirse todos en una sola opción para alejar el mal que sin lugar a dudas se asomaba en Venezuela. Una sabia Irene Sáez renunciaba a su candidatura en función de esto, pero ¡Qué difícil fue que Acción Democrática entendiera que había que dejar de lado el ego!, el acuerdo se logró unos días antes de la contienda y un fortalecido Chávez logró su cometido.

Hoy, después de veinte años de desgracia colectiva, el ego sigue imponiéndose a un ideal de país. Todos quieren ser presidentes, todos quieren liderar la transición y ser el centro de atención de un momento histórico, les cuesta mucho entender la importancia de unificarse coyunturalmente para derribar a Goliat. No desean esperar a que caiga la tiranía y se restaure la democracia para pelear con el adversario, no, nada de eso, hay que destruirlos ahora, dejando de lado el objetivo común,  y con esto no me refiero a la crítica sana y necesaria, sino a la guerra sucia por el poder, sobre la cual hasta un hastiado Trump se ha pronunciado.

Un ejemplo claro fue lo que ocurrió con Óscar Pérez, quien quería crear un ejército para liberar a Venezuela, pero no recibió ningún tipo de apoyo, principalmente porque el ego de muchos les indicó que serían desplazados si las operaciones eran exitosas. Ha sucedido una y otra vez y detrás de todo siempre hay una guerra entre el “YO” y el “NOSOTROS”.

En el exilio he conocido a algunos venezolanos que hacen vida política y están al igual que yo lejos de casa por alguna injusta razón, las características siempre son las mismas: egoísmo por doquier. Como nacionalista debo decir que duele saber que consigues más apoyo en extranjeros que en la gente de tu país que al fin y al cabo te ve como parte de la competencia.

La historia de mis abuelos que salieron de Portugal huyendo de los estragos de la dictadura de Salazar y buscaron una Venezuela pujante para echar raíces  me enseñó el sentido de la solidaridad. Los portugueses lograron unificarse en la desgracia, pese a sus diferencias naturales. A los venezolanos nos ha costado tanto poder hacer lo mismo, quizá lo que nos ha pasado ha sido una enseñanza y un duro golpe al ego que sigue batallando para preservarse pese a todas las circunstancias.

¿Por qué nos cuesta tanto ayudarnos? ¿Por qué queremos hacer daño al que posee algunas cualidades o un papel importante? Creo que cuando todo esto acabe habrá forzosamente que trabajar cada uno en nuestro ego, y sí, me incluyo porque a veces yo también sufro de eso. No se construye una nación pujante sobre la base del odio y la envidia y algún día lo tendremos que entender porque las naciones resilientes también se forman con el tiempo y la experiencia. Pese a todo, soy muy optimista al pensar que nuestro país algún día será  grande y próspero y que cada uno trabajará por ser una mejor persona y enfriar el nocivo ego cuando lo que esté en juego sea el porvenir de nuestro futuro y de una nueva sociedad.