Cuando Nicolás Maduro anunció, el 17 de enero de 2020, que sería abierto el casino en el Hotel Humboldt de Caracas, echaba por tierra la prohibición que Hugo Chávez colocó a los juegos de azar, especialmente en lo que a casinos se refiere. Aunque en realidad, con los años, esa prohibición había cambiado y se había transformado en una que permitía los casinos solo en hoteles cinco estrellas ubicados en zonas turísticas.

Ya lo relevante no es lo dicho por Chávez, que quedó en letra muerta, sino las circunstancias que vive el país, la brutal realidad económica, política y social, la pobreza que avanza a pasos agigantados, golpeando principalmente a la clase pobre que cada día crece más.

El 10 de noviembre se anunció la preinauguración del casino en el Hotel Humboldt de Caracas, que parece haber tenido más clientes de los esperados. Y ayer estaba anunciado el primer torneo de póker Texas hold. Lo irónico es que mientras eso sucede en la cúpula del imponente cerro El Ávila, a sus pies, Caracas se debate entre miles de personas luchando por no morir de hambre, deambulando entre los hospitales para ser atendidos y otros tratando de conseguir gas doméstico o una razón para no rendirse. Son dos Venezuelas con la más brutal brecha social conocida desde hace muchas décadas.

Por supuesto que resulta una falsedad lo dicho por Maduro sobre el uso del petro como la moneda del casino estrenado, para dar la falsa ilusión de que es normal esos recursos para invertirlos en el sistema social. En el casino lo que empezó a rodar es el dólar americano, tan odiado y amado por los funcionarios y afectos al gobierno.

Hoy el país está brutalmente afectado no solo por el covid-19 sino por varias ciudades impactadas por las lluvias, que han dejado cientos de damnificados en varias ciudades del país, pero allá, en lo alto del Ávila, hay gente jugando, sin respeto por las normas de distanciamiento, sin tapabocas, porque al fin ellos, que se saben privilegiados, suponen que el virus que China extendió por el mundo no los afectará.

Gran parte del país sometido a horas sin electricidad, pero en Caracas el ministro de la Defensa anuncia que están encendiendo la cruz de la Fuerza Armada. Maduro se exhibe con el Palacio de Miraflores adornado con cientos de luces navideñas y asegura que les dará regalos a todos los niños del país.

Mientras tanto hay gente rebuscando comida en la basura y los bodegones de lujo están a reventar. Las lágrimas llegaron para muchas familias a quienes el agua les destruyó los pocos enseres que tenían en sus viviendas.

La orden no cumplida

Hugo Chávez tenía mes y medio de haber sido reelecto como presidente de la República cuando en enero de 2007 anunció que iba a tomar “las medidas necesarias para eliminar los sitios de prostitución, ventas de drogas, casinos y bingos, estos últimos frecuentados por personas de clase alta”. Cuatro años después, no lo había logrado y emitió el decreto prohibiendo los centros de juegos de azar. Ya corría el 2011. El cierre e inauguración de casinos era una guerra encarnizada que se libraba en el chavismo.

Los casinos, como las salas de bingo, han sido un negocio demasiado rentable, que implicó sacar del camino a algunos monarcas del juego para sustituirlos por otros; de nada sirvió que Chávez los adversara. Los seguidores lúdicos no estaban dispuestos a acompañarlo en ese deseo, pues son muchos los jerarcas del Gobierno adictos al juego, pero también a las ganancias que de él se derivan y lo que implica, en un país, con reglas tan permeables, usarlos para lavar dinero.

Aunque el jefe de la revolución se desgañitó pidiendo el cierre de esos centros, la Comisión Nacional de Casinos estuvo imposibilitada, o por lo menos eso parecía, de cumplir el decreto y ninguno de los tradicionales jefes chavistas lo acompañaron con febrilidad en esa intención.

La excusa es que una ley promulgada en 1997 faculta a la Comisión Nacional de Casinos para otorgar las licencias de funcionamiento, pero no hubo intención alguna en modificar la ley, aunque el chavismo controlaba la mayoría del parlamento.

Quizá por aquello de que lo prohibido atrae más, las salas de casinos y bingos clandestinas brotaban en todos los rincones del país; detrás de esos sitios había mucho diputado usando influencias. Cada vez que se cerraba una casa de juegos, de inmediato aparecían los trabajadores y representantes laborales a reclamar por “el derecho al trabajo”, claro, incitados por los dueños de los casinos, algunos de los cuales, en ese momento, pagaban sueldos atractivos.

Era tal la presión y el dinero, moviéndose en las sombras, que uno de los presidentes que tuvo la Comisión Nacional de Casinos (CNC) les había otorgado a catorce empresarios Licencias de Instalación para Bingos y Salas Máquinas, aunque no pudo incluir los casinos. Ellos acudieron al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) reclamando que se les permitiera funcionar, porque habían hecho una inversión por la autorización de la CNC. El máximo tribunal les dio un amparo, pero ya no solo competían con la orden de Chávez sino con toda la jauría de empresarios que instalaban las casas de juego clandestinas.

Con el tiempo, los 14 empresarios se convencieron de que no se les iba a permitir funcionar legalmente, por lo que desistieron y algunos vendieron esas licencias. Entre los dueños de bingo que se consolidaron estaban los hermanos de origen portugués, Domingo y Avelino Goncalves.

Finalmente, de nada sirvió que Hugo Chávez argumentara que los casinos son antros de corrupción y lavado de dinero, porque hay demasiados funcionarios del Gobierno con gustos lúdicos que dirán que, al fin y al cabo, el jefe de la revolución ya está muerto.

Con Información de La Patilla