Exposición en Miami revela secretos de Celia Cruz, reina de Instagram antes de su invención

El éxito y la permanencia en el favor del público de una gran artista como Celia Cruz radica en los pequeños detalles. Si su carisma y talento en el escenario y su don de gente dejaron una huella que a 15 años de su muerte la mantiene vigente, fue el amor a su carrera y el respeto al público los que crearon la leyenda.

Una anécdota de su albacea y presidente de la Fundación Celia Cruz, Omer Pardillo, convence de esa entrega constante de la artista. Celia nunca repetía un traje en la misma ciudad. Para no equivocarse, ponía una foto del concierto y un letrero con el nombre del lugar y la fecha en que lo había usado. A la hora de elegir el vestuario para otro show, recorría su inmenso clóset, equipado con esos percheros móviles que tienen las lavanderías profesionales, y se aseguraba de no volver a usarlo.

La muestra Forever Celia, que se presenta hasta el 31 de marzo en el American Museum of the Cuban Diaspora, ofrece un recorrido cronológico por sus premios, triunfos y momentos importantes de su carrera desde sus comienzos en Cuba hasta su funeral en la Catedral de San Patrick en Nueva York y la multitudinaria despedida que le dieron sus seguidores en la Torre de la Libertad en Miami.

Pero es la reconstrucción de su mundo privado, de los objetos que la rodearon y que prueban aquello en lo que puso su estimación y hasta su fe los que convierten este recorrido por los salones del Museo en un viaje a su intimidad.

Sección de su vida 

En la sección dedicada a su vida en Cuba, a su infancia y juventud destaca un reclinatorio y una foto de Celia rezando que documentan su devoción. Los que la conocían bien cuentan que lo primero que hacía al llegar a una ciudad era buscar una iglesia para ir a misa.

También, antes de irse de Miami, a veces de camino al aeropuerto, pedía que la llevaran a la Ermita de la Caridad, cuenta Pardillo.La muestra incluye uno de sus objetos de devoción más queridos, una pequeña Virgen de la Caridad, que salió con ella de Cuba y la acompañó toda su vida.

También está esa foto memorable de una jovencísima Celia, achinada, con un moño, las manos enmarcando un rostro perfecto y aun aniñado, y un vestido de falda amplia de una tela de esas que acarician. Era la estampa del glamour de la época, de una Cuba que sabía bailar, que destacaba por el regalo de su música al mundo con el Beny, la Guillot y la misma Sonora Matancera que acogió la potente voz de Celia.

En el recorrido ya comienza uno a sentir ese deseo de mover el cuerpo. Su música, de fondo, suave para dejar espacio al goce de la vista, nos va calando. Se suceden las emociones encontradas. Imaginamos el dolor de dejar su barrio, a su familia, a su madre –su querida Oyita, a quien nunca volvió a ver.

“Celia es la exiliada por excelencia”, dice Ileana Fuentes, directora fundadora del American Museum of the Cuban Diaspora, afirmando que “la gente llora” viendo la exposición desde que entra hasta el final porque en “nosotros hay un pedazo de Celia y en ella había uno de nosotros”.

Su vida es la de los miembros de la diáspora que no pudieron volver, precisa Fuentes.

Pero esta tristeza se va disipando a medida que avanzamos por la exposición y constatamos su gozo en el escenario. Sentimos que el exilio, lo que parece su condena, se torna en su suerte, porque fuera de Cuba surge la Guarachera del mundo. Celia es entonces la amiga de Tito Puente, de Aretha Franklin, de Gloria Gaynor, de Lola Flores, de Gloria Estefan. Es el modelo de la India, es una de las adoradas por Marc Anthony, por Víctor Manuelle, es legendaria y joven a la vez, y la exposición lo va probando paso a paso.

Eso se vive muy bien en la recreación de la cabina del avión que llevó a Celia Cruz junto a la Fania All-Stars a Africa, al histórico concierto que ofrecieron en 1974 en Zaire, hoy la República Democrática del Congo.

“Forever Celia” dedica un apartado a las fotos y recuerdos del viaje de Celia a Africa con la Fania All-Stars para el histórico concierto en Zaire en 1974, que ella abrió con “Quimbara”. También reproduce una parte de la cabina del avión donde el grupo de estrellas descargó durante el largo vuelo.

Jose A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

La Exposición

El visitante puede sentarse, ponerse los audífonos y ver un video de la descarga que se armó en el avión para hacer más divertido el largo vuelo. Johnny Pacheco, Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Ray Barreto, Bobby Valentín, los que se ven y los que solo se escuchan, forman el coro. Y suenan los cueros.

Irrepetible, porque los que no estuvieron allí y no pudieron ver a Celia abrir el espectáculo con Quimbara, tienen la oportunidad de anticipar el concierto que ha sido llamado el Woodstock del sur.

El próximo salón es una recreación de su camerino. En anaqueles, por pisos e iluminadas, están sus pelucas, las que la convirtieron en una artista colorida. Al verlas así juntas no es difícil imaginar que los espacios van con las personas, en este caso reflejan su alegría, esa certeza de que “la vida es un carnaval”, como su canción.

Una galería de vestidos también refleja su estilo y el aprecio que le tenían los diseñadores, que se inspiraban en su arte y en su persona. Está un hermoso traje de Narciso Rodríguez, en una tela gris, exquisito, minimalista, como todo lo que caracteriza a ese artista de la aguja cubanoamericano.

También hay una guayabera negra con delicadas transparencias, de Lily Cardet, que propone un contraste con la bata cubana con que la hemos visto en la foto que le tomó Alexis Rodríguez Duarte en colaboración con Tico Torres, presentes en el segundo piso del museo con una muestra fotográfica dedicada a Celia.

Encantan también unos Manolos azules que demuestran que Celia apreciaba el arte del diseñador de zapatos canario Manolo Blahnik antes que Carrie Bradshaw, de Sex and the City, los afianzara como un ícono de la moda.

Están también las fotos de un viaje emotivo, el que hizo a la Base Naval de Guantánamo en 1990, la única vez que volvió a pisar suelo cubano. Y los videos del programa de Sesame Street que compartió con Big Bird, en los que se aprecia un toque de su faceta de maestra, en la manera que Celia se comunica con el muñeco, pensando en los niños. Su voz, siempre clara, resulta más delicada. Y claro, también canta, Zunzun Babae.

Al final, en el centro de la exposición, se ubica quizás una de las reconstrucciones más destacadas, la de su oficina en su apartamento de Fort Lee, Nueva Jersey.

Preside el espacio un cuadro de Celia, pintado para la película The Mambo Kings, que el director Arne Glimcher le regaló al finalizar el rodaje. Con un turbante blanco, entre una selva tropical, en un estilo pictórico naive, similar al de Rousseau “El Aduanero”, el pintor, desconocido, captó lo mejor de Celia.

“Ella no cocinaba. Pasaba mucho tiempo contestando cartas a los fanáticos y lo hacía a mano. Si fuera hoy, Celia sería la reina de Instagram”, dice Pardillo.

“Tú no sabes, Omer, cómo la gente agradece eso”, añade Pardillo que le decía, explicando su costumbre de escribir las direcciones en los sobres de las cartas de su puño y letra.

Ese espíritu de generosidad y su arte, que fue premiado con tantos trofeos que llenaban la mayoría de las paredes de su apartamento, es el que se respira en Forever Celia.

Como era tan organizada con sus documentos y guardaba hasta los contratos, las cartas que intercambia con los empresarios y las facturas de lo que le pagaban –cuenta Pardillo– quizá haya material para otra exposición.

Con información de Globovisión

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